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Presentación

GALIMATÍAS SOBRE LA POBREZA

Tulio Marulanda Mejía
Profesor de la Universidad de Caldas
Manizales, 2001-08-25 (Rev. 2002-05-15)


RESUMEN

El universo y la vida son posibles por las diferencias o desequilibrios existentes entre sus diferentes componentes, desequilibrios que permiten los flujos o intercambios de energía en sentido contrario, la muerte del universo es entendida como un estado de equilibrio total en el que ya no hay cambio ni movimiento. De manera analógica podríamos pensar que en la economía de mercado, modelo imperante en la sociedad occidental, el alto grado de progreso y desarrollo alcanzados ha sido posible por el flujo incesante del capital de los sitios de mayor concentración a los de menor concentración. ¿No se expande acaso la economía, como se expande el universo? ¿Y no será que, concebida así, la utopía de la igualdad no es más que el anuncio o la anticipación de la muerte, por un 'equilibrio entrópico', de la economía occidental y de ahí el temor irracional que las tendencias socializantes despiertan en algunas personas?


PALABRAS CLAVES:

Pobreza, economía, ambiente.


ABSTRACT

Universe and life are possible because of the differences and unbalances of its constitutive elements; such phenomenon allows energy to flow and exchange in the opposite direction. Universe death is understood as an state of complete equilibrium without change or movement. Analogically we could think in a similar model for market economy which is the most important system in occidental society, the high degree of progress and development has due to the incessant flow of capital from the sites where it is in larger concentration to others where it is smaller. Does not economy expand as well as the universe does? Such conception take us to the following questions: Does equality utopia a warning from the imminent death as a consequence of an entropico equilibrium of the occidental economy? Is this the point where all irrational fears due to socialization tendencies come from?


KEY WORDS

Poverty, economy, environment.  



De manera casi obsesiva, tanto en el campo biológico como en el ámbito de la cultura, busca el hombre la homogenización y la uniformidad; las imágenes simbólicas de una utopía de la igualdad no sólo engalanan los escudos de algunas naciones sino que aparecen como una de las promesas fundantes de muchos proyectos políticos en la reciente historia de la humanidad. La búsqueda del orden y la regularidad se han constituido en uno de los más importantes propósitos de gobierno en cualquier Estado moderno, como no deja de ser también en el campo económico una anhelada pero esquiva meta, la de una mejor o más equitativa distribución del ingreso.

Pero habida cuenta de que, como ha sido probado en innumerables casos, todo sistema se vuelve más vulnerable en la medida en que pierde diversidad, varias preguntas cabría formularse: ¿Hasta dónde es posible la igualdad? ¿Hasta que punto es buena o deseable la igualdad? ¿Qué es lo que impulsa al hombre a buscar de manera a veces obsesiva la uniformidad? ¿Le teme el hombre a la diversidad?

El universo y la vida son posibles por las diferencias o desequilibrios existentes entre sus diferentes componentes, desequilibrios que permiten los flujos o intercambios de energía de los puntos de mayor a los de menor concentración; de ahí los grandes cambios, la permanente transformación y evolución y la cada vez mayor diversidad, sinónimo de dinamismo y vitalidad, al menos en la esfera física y biológica. En sentido contrario, la muerte del universo es entendida como un estado de equilibrio total en el que ya no hay cambio ni movimiento, en el que ya no existe la flecha del tiempo, porque ya no son posibles los flujos y reflujos energéticos.

De manera analógica podríamos pensar que en la economía de mercado, modelo imperante en la sociedad occidental, el alto grado de progreso y desarrollo alcanzados ha sido posible por el flujo incesante del capital de los sitios de mayor concentración a los de menor concentración y que lo que ha posibilitado esta gran transformación de la sociedad ha sido el ascenso y la movilidad social que este flujo incesante ha permitido.

¿No son acaso las tasas de interés, el ahorro y otras medidas económicas tan sólo maniobras para acumular dinero y para acelerar y orientar los flujos y reflujos de capital de la misma manera que las represas, que acumulan el agua, permiten la generación y orientación de ingentes caudales de energía que fluyen hacia los centros de producción? ¿No se expande acaso la economía, como se expande el universo? Y ¿no será que, concebida así, la utopía de la igualdad no es más que el anuncio o la anticipación de la muerte, por un 'equilibrio entrópico', de la economía occidental y de ahí el temor irracional que las tendencias socializantes despiertan en algunas personas?

La verdad es que "en principio no hay ninguna razón teórica para que el desarrollo conduzca a una mejor distribución del ingreso", de suyo, "en todas las fases del desarrollo se presentan factores que interfieren con la distribución del ingreso", como cosa paradójica, "el mayor acceso a la educación, la ampliación de las oportunidades y el aumento de las necesidades básicas y la reducción de la pobreza" (1) suelen estar condicionadas a ciertas políticas o dinámicas económicas que, a la postre, deterioran la distribución del ingreso.

Si entendemos la pobreza en su más simple definición, como "la carencia de lo necesario para vivir",(2) en el mundo contemporáneo la pobreza podría ser entendida como la carencia de los ingresos necesarios para que una persona pueda proveerse de aquellas cosas que se le hacen indispensables para subsistir del modo y manera que ha aprendido a hacerlo según su educación y cultura. Así como para un aborigen la pérdida de sus tierras significa su mayor pobreza, para un citadino la pérdida del dominio de su territorio o estatus, por la venida a menos de sus ingresos, puede significar su ruina moral y física, su final.

Difícilmente se podría poner en duda el papel emancipador que la economía capitalista ha jugado en términos de la movilidad social que propician los cada vez más acelerados flujos y reflujos del capital que hacen posible el desarrollo económico; si en tiempos de la esclavitud o del feudalismo o en grupos aborígenes cerrados se nacía con un rol y un destino que difícilmente podía se modificado durante la vida del individuo, las sociedades capitalistas brindaron a todos, aunque inequitativa-mente, múltiples e inimaginadas posibilidades de emergencia y de transformación social, constituyéndose así en ambientes propicios para la diversidad social y cultural.

Pero en la mayoría de los países, por el contrario, los continuos o periódicos deterioros de la distribución de los ingresos, ocasionados por este modelo de desarrollo económico, pese a los permanentes esfuerzos de los distintos gobiernos y a las políticas de ajuste promulgadas por ciertos organismos, han llevado a un número creciente de personas a un rápido empobrecimiento y a un marginamiento progresivo.

Y es que, así como en el universo cierto tipo de eventos llegan a convertirse en descomunales atractores gravitacionales que 'devoran' todo lo que se encuentre en su campo de influencia y entre más masa acumulan más fuerza y capacidad de atracción y destrucción alcanzan, en las economías de mercado el capital tiende a acumularse y cuanto más se acumula más dificulta el libre y necesario flujo constituyéndose así en gigantescos agujeros negros de la economía, que no sólo devoran a su paso todos los pequeños capitales con sus incipientes iniciativas, sino que amenazan de igual modo con colapsar el modelo en la medida en que por otra vía, la de la acumulación, están llevando a un estado, ya no termodinámico sino cambiario, que igualmente podría conducir a la implosión o muerte del sistema.

¿Podríamos hablar entonces de una 'entropía económica' que, por vía de la acumulación del capital, conduciría a la disolución del sistema, en oposición a una 'negentropía económica' en la que por vía del orden y la igualdad igualmente conduciría a la inmovilidad, a la parálisis, a la muerte del sistema? Y ¿estarían entonces el hombre y la sociedad ubicados en medio de una dinámica tensión, similar a la que en el ámbito biológico se vive, en procura del deseable equilibrio entre consumo y deterioro, y capacidad de generación y regeneración?

Podríamos pensar, con los Griegos, que la virtud está en el medio y que lo ideal sería mantener un cierto grado de acumulación y un mínimo de desorden tal, que permitan los movimientos de capital y la conservación de una tasa de movilidad social que haga posible el progreso y el desarrollo necesarios para lograr la convivencia pacífica de los hombres y su coexistencia con los demás seres vivos, en el reducido espacio de la biota; y evitar así continuar bordeando los extremos actuales en los que la misma riqueza es agente generador de miseria, por una pésima distribución de los ingresos que amenaza los cimientos mismos de la sociedad.

Pero ese grado de equilibrio así como los mecanismos reguladores que lo hacen posible difícilmente se dan en las sociedades occidentales, y su búsqueda, por el contrario, afecta gravemente el equilibrio de la naturaleza, hoy en día tan precario: o llegamos ciegos a los paralizantes extremos de los totalitarismos centralizados o nos deslizamos indefensos por los vertiginosos toboganes del demencial neoliberalismo.

¿A que se deberá esta dificultad para hallar el justo medio, el debido lugar? Paréceme a mí que lo que nos conduce, a veces con rumbo inexorable, hacia los fatales extremos, no es otra cosa que el miedo; un miedo que nos escinde, que nos hace incoherentes, que nos deshumaniza; un miedo que bien vale la pena explorar.

Nadie discute las bondades de la diversidad biológica, ni ha sido puesto en duda el papel fundamental que la biodiversidad juega en el mantenimiento del equilibrio de la biota; también es claro que, en este sentido, hemos venido de menos a más, es decir, que con la evolución se han venido multiplicando las especies y con la reproducción sexual y las mutaciones genéticas el mundo ha llegado a ser cada vez más biodiverso. Pero ¿qué ha ocurrido a nivel social?

Fueron multiplicándose y diversificándose también, desde su origen, las culturas; cada grupo humano fue evolucionando socialmente en su aislamiento y fue apropiándose de sus particulares condiciones geográficas y ambiéntales y en su propio devenir histórico desarrolló su propia lengua, su singular forma de representar el mundo, sus específicos artefactos para intervenirlo y su propia organización social, sobre la base también de una diversidad de roles y de unas diferentes relaciones entre los distintos elementos constituyentes de su sistema vital.

Y para cada uno de los miembros de estos grupos lo cotidiano, lo regular, lo que persistía en el tiempo, lo constante y lo permanente, se constituía en lo 'familiar', en oposición a lo exótico, y lo familiar era sinónimo de subsistencia, garantía de supervivencia del grupo; amenazante era cualquier irregularidad, lo nuevo, lo diferente, lo diverso, de ahí la xenofobia, las guerras tribales, el sacrificio de los gemelos, de los albinos, etc. Tolerable y aceptable devino la 'familiar' diversidad, acumulada dentro del propio sistema, dentro de la propia organización social, dentro del propio territorio; intolerable, inaceptable, llegó a ser lo que viniese de fuera del sistema asimilado, no sólo por incomprensible, sino porque cualquier nuevo elemento desestabilizaba y amenazaba el sistema.

Así, librados a su suerte evolutiva y en un espacio relativamente ilimitado en extensión y recursos, cada grupo, cada cultura, pudo ir acumulando una diversidad social creciente en el marco de una relativa estabilidad, de la misma manera que, en millones de años, pudo ir acumulando gradualmente su diversidad biológica una selva húmeda tropical.

Pero en un espacio que necesariamente llegaría a ser limitado, como lo es la tierra continental ¿qué habría de acontecer a raíz de las inevitables colisiones y los necesarios conflictos entre las múltiples culturas en ascenso? Unas culturas se fusionaron; otras pasaron a ser dominadas y absorbidas o arrasadas por unas más poderosas y en fin, en estas implicaciones sistémicas, como en los refugios pleistocénicos forestales (pero aquí por la mezcla de culturas y no sólo por recombinaciones genéticas) la diversidad social habría de aumentar con cada encuentro de culturas.

Llegamos así, habitantes todos de esta aldea global, a ser el producto de una mezcla incesante de razas, culturas e identidades que nos ha hecho ya no sólo grupal sino individualmente diversos y por ello, atávicamente, tememos a la diferencia que habita en el otro, en cada uno de los otros, testimonios vivos de la arcaica amenaza de lo diverso; y es ese miedo, el miedo a lo distinto, el que nos lleva a desear una cosa y hacer otra, el que genera la incoherencia entre lo que pensamos y lo que hacemos, el que nos obliga a buscar la igualdad y la homogeneidad pero en el aniquilamiento del otro al que sólo toleramos si es igual a nosotros, porque sólo así logramos exorcizar ese ancestral miedo a la desaparición, por la irrupción del otro en el propio medio de subsistencia.

Escindidos por este miedo atávico, enfrentados cotidianamente a lo diverso, borradas casi por completo las familiares regularidades, añoramos el primitivo y paradisíaco estado de seguridad que brindaba el grupo, el clan, el pueblo, la tribu y por ello nos refugiamos en las familias, las pandillas, las empresas, las iglesias, las barras bravas, los ejércitos, los uniformes; y seguimos viendo al otro, al de la otra raza, al del otro país, al del otro equipo, al del otro barrio, al del otro colegio, al de la otra generación, al de otros gustos, al que se viste distinto, como enemigo, como competidor que amenaza los recursos cada vez más limitados, como amenaza para nuestra supervivencia.

Pero los otros, todos, somos cada vez más, y por algún oscuro designio cada vez más diversos, a pesar de la influencias homogenizantes de las culturas dominantes, culturas de la apariencia; y el miedo crece, la agorafobia aumenta, la paranoia no duerme. Y es este creciente miedo el que le imprime la fuerza pero también el que produce los grandes desequilibrios de la economía moderna, con su libre mercado, con su asombroso juego de la oferta y la demanda, con su gran capacidad de generar rápidos y masivos traslados de recursos, es decir, de posibilidades de 'ser más' y de existir mejor y más cerca de las fuentes energéticas.

Permanentemente estamos trasladando recursos de todo tipo de un lado a otro y en este juego algunos pueden acumular toda la cantidad de energía (representada en bienes) que consideren necesaria para garantizar su subsistencia, sin importar que el otro, competidor natural por estos recursos, se queda sin posibilidades de vivir. ¿No serán las bolsas de valores los demenciales centros donde se administra esta paranoia mundial?

Si a escala biológica unos deben morir para que otros sobrevivan con la energía calórica y proteica que asimilan, en el ámbito social, con el actual modelo económico, unos deben menguar en posibilidades de existir para que otros acumulen las suyas; pero a diferencia de los organismos vivos que tiene adecuados sistemas de medición y control para los ingresos y el almacenamiento calóricos, no hay adecuados indicadores ni controles precisos para la acumulación de bienes y valores, razón por la cual, como producto del miedo, la tendencia a acumular se asemeja a la de una línea asíntota que fácilmente conduce hasta el delirio de la avaricia, de la bulimia, del coleccionismo, de la adicción a las cosas, manifestaciones todas ellas del temor a la disolución, a la desaparición en medio de la vorágine de una existencia mediática en la que todo crece vertiginosamente hacia lo diverso.

El problema no está en el mercado, ni es inherente al libre juego de la oferta y la demanda, pues éste, con toda naturalidad y eficacia, mantiene el equilibrio y regula la existencia de las poblaciones, entre los seres vivos de las escalas inferiores, en las que no existe el miedo a la muerte, aunque sí el instinto de supervivencia: si hay escasez de alimentos y abundancia de predadores, el poder adquisitivo de los más débiles se verá menguado frente a los que tienen buenas reservas energéticas, es decir, buena salud y capacidad física por el mayor costo energético que tendrá la obtención de los recursos calóricos; esta 'inflación' o mayor capacidad de la demanda conducirá a un empobrecimiento relativo de los más débiles, a una devaluación de sus capacidades o reservas energéticas y a una disminución de la población de los predadores y de la presión sobre la fuente de alimentos para que, finalmente, ambos componentes del sistema sobrevivan.

Si por el contrario hay una excesiva población de aquello que constituye la fuente de alimentos, la facilidad en su consecución conducirá a una 'revaluación' de las capacidades energéticas de quienes consumen dichos alimentos, lo que hará que todos aumenten los ingresos, se 'enriquezcan' calóricamente y hasta los más débiles se reproduzcan y crezcan hasta el punto en que se controle la creciente población de lo que es su alimento y se alcance nuevamente el equilibrio, entre la demanda y la oferta.

Hay pues, también en la naturaleza, continuos desajustes del 'mercado' y desigualdades en el ingreso pero, por la imposibilidad que tienen los seres vivos en su estado natural, de acumular más allá de lo que su supervivencia les permite, hay una mayor tendencia al equilibrio que entre los seres humanos que, con la invención de la economía moderna y mediante la creación de representaciones simbólicas como las matemáticas y la moneda, han hecho posibles la acumulación de riquezas hasta límites insospechados y la perdición de muchos 'Midas' que contemporáneamente proliferan y se multiplican, tanto porque el juego de los matemáticas los pierde en los delirios de las infinitas posibilidades de ser y acumular en el irreal mundo de los números, como por los devastadores estragos que producen las demenciales ecuaciones de las multinacionales de la riqueza que, inmisericordemente, devoran las rudimentarias cuentas de los pequeños productores. Sólo la economía moderna pudo permitir que seres humanos alcanzasen las monstruosas barreras de los 300 y 400 kilogramos de peso.

Difícil pues superar el problema de la pobreza si no superamos el miedo a la diferencia; no en vano la reciente constitución colombiana renueva las esperanzas en el nacimiento de una nación en la que lo diverso, en todos los ámbitos, se constituye en nuestro más valioso patrimonio. La aceptación de la diversidad nos pondría en el sendero de la utopía, en la búsqueda de la promesa nunca cumplida del Edén, de la tierra prometida en la que todos los seres conviven en paz; sólo aceptando al otro como igual, a pesar de su inmensa y deseable diferencia, dejaríamos de temerle y de considerarlo nuestro rival en la existencia material; sólo superando el miedo y la desconfianza dejaría de existir la necesidad de acumular para garantizar la propia subsistencia. ¿O será que, dado que el egoísmo es una fuerte expresión genética, exitosamente adaptativa, para que sobreviva la especie tendremos que seguir compitiendo individualmente?


NOTAS:

  1. SARMIENTO PALACIO, Eduardo. Cómo construir una nueva organización económica. Academia Colombiana de Ciencias Económicas. Colombia: Editorial Colombiana de Ingeniería, p. 18.
  2. Diccionario Enciclopédico Larousse, 2001.
 
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